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San Dionisio Areopagita, el «Patrono» de Jerez según la revista «Asta Regia» de 1881

Descubre la historia y tradición de Jerez de la Frontera a través del artículo ‘San Dionisio Areopagita, Patrono de Jerez de la Frontera’ publicado en la revista ‘Asta Regia’ en 1881. Carolina de Soto y Corro nos transporta a la antigua Grecia para contarnos la historia de San Dionisio, filósofo y juez ateniense convertido al cristianismo. Conoce la importancia de San Dionisio como patrono de Jerez y su influencia en la vida de sus habitantes.

El 10 de octubre de 1881, la revista jerezana «Asta Regia» sorprendió a sus lectores con un artículo titulado «San Dionisio Areopagita, Patrono de Jerez de la Frontera». Este interesante texto fue escrito por Carolina de Soto y Corro, quien en ese momento se desempeñaba como directora de la publicación.

En el artículo, Carolina de Soto y Corro nos transporta a la antigua Grecia, donde San Dionisio Areopagita, un filósofo y juez ateniense, se convirtió al cristianismo después de escuchar las enseñanzas del apóstol Pablo. San Dionisio se convirtió en uno de los primeros discípulos de Pablo y fue conocido por su sabiduría y su profundo conocimiento de la teología.

Carolina de Soto y Corro destaca la importancia de San Dionisio Areopagita para la ciudad de Jerez de la Frontera, ya que se le considera el patrono de la localidad. Según la autora, la devoción a San Dionisio ha estado presente en Jerez desde hace siglos, y su figura ha sido venerada y celebrada por generaciones de jerezanos.

El artículo de «Asta Regia» nos brinda una visión fascinante de la historia y la tradición de Jerez de la Frontera, mostrando cómo la figura de San Dionisio Areopagita ha dejado una huella indeleble en la identidad de la ciudad. A través de la pluma de Carolina de Soto y Corro, somos testigos de la importancia de la fe y la devoción en la cultura jerezana.

En conclusión, el artículo «San Dionisio Areopagita, Patrono de Jerez de la Frontera» publicado en la revista «Asta Regia» en 1881 nos ofrece una mirada única a la historia y la tradición de la ciudad. A través de las palabras de Carolina de Soto y Corro, podemos apreciar la relevancia de San Dionisio Areopagita como patrono de Jerez y su influencia en la vida de sus habitantes.

Texto íntegro del mismo

Hay días tan señalados y fechas tan notables para algunos pueblos que jamás pudieran pasar en el olvido.

Poseida el alma de un sentimiento extraordinario y grande, así de veneración como de regocijo, se siente elevada en esos días, y parece como que se dilata el espíritu impregnado por ese fluido misterioso que deja siempre la memoria de los hechos nobles y de los recuerdos más gloriosos.

El 9 de octubre es la fecha memorable para Jerez de la Frontera.

Nuestro querido pueblo animado y revestido en ese día con sus más primorosas galas, celebra entusiasmado su tan hermosa conquista sobre los enemigos de la cruz, acaecida el día de An Dionisio del año 1264; y echando a vuelo su tradicional campana cascada, orgulloso de sus triunfos, pasea por la ciudad con verdadero fervor religioso el histórico pendón recobrado a los moros en el mismo día de San Dionisio, por cuyas señaladas conquistas fue erigido este glorioso santo, Patrono de Jerez.

Pero dejando a otras plumas mejor autorizadas el honorable derecho de cantar las glorias, vamos a relatar por nuestra parte las glorias de nuestro santo Patrono que tanto influyó a su vez junto al tribunal Divino para librar a esta ciudad del ominoso yugo que la oprimía.

Nada más natural y justo que al abrir en este día el libro de nuestra historia por una página tan bella recordemos también con efusión las grandezas de aquel Santo, cuya existencia se halló adornada de tantos y tan hermosos hechos que fuera prolijo enumerarlos y que por lo mismo procuraremos describir tan sólo concretándonos a los más proncipales de su vida.

San Dionisio Areopagita, nació en Atenas de una de las más distinguidas familias de la Grecia y pocos años después de haber venido al mundo Nuestro Señor Jesucristo.

La famosa universidad de Atenas, centro por entonces de los más ilustres génios y floreciente en las ciencias y las artes, propocionó al joven Dionisio toda aquella riqueza de conocimientos con que admiró más tarde y muy principalmente el estudio de la filosofía y la astronomía, en cuyas ciencias mostrando una afición decidida hizo adelantos prodigiosos; y nunca hallaba obstáculo a su inteligencia, que fácilmente adivinaba los más confusos y dificultosos problemas.

Así, una vez, estando en Heliópolis, observó con asombro aquel portentoso eclipse de sol que hizo totalmente noche el día en que acaeció la muerte de Nuestro Señor Jesucristo, y lleno de admiración, comprendiendo que algo sobrenatural era la causa de aquel fenómeno, exclamó como inspirado por el espíritu divino: O el Dios de la naturaleza padece, o la máquina de este mundo perece.

Sabio, elocuente y poseedor de los más hermosos dones, obtuvo Dionisio los mejores premios y se vio elevado a los primeros empleos, llegando en poco tiempo a desempeñar el honroso cargo de juez del Areópago, el más famoso tribunal de Grecia, por el profundo saber de los hombres que lo componian.

Por este tiempo del encumbramiento intelectual de Atenas, fue cuando San Pablo llegó a la ciudad antigua para anunciar el Evangelio, pues que en materia religiosa se hallaban allí tan ignorantes que eran los más torpes ídolos el objeto de sus adoraciones. Asombrados los Atenienses con las palabras de aquel hombre que les aseguraba la omnipotencia de un solo y supremo Dios, le delataron al tribunal del Areópago, y al comparecer San Pablo mostró tan palpablemente la verdad de sus predicaciones, que muchos de los que componian el jurado, se convirtieron, siendo entre estos San Dionisio Areopagita uno de los que más pronto se rindieron ante la poderosa influencia de la razón divina.

Instruido después Dionisio, por el mismo Apóstol, en los misterios sagrados de nuestra santa religión, abandonó por completo las odiosas supersticiones del gentilismo y renunciando a us honores y empleos, siguió la doctrina de Jesucristo, siendo bautizado luego por San Pablo y admitido entre sus más amados discípulos.

Se distinguió tanto Dionisio, por sus talentos y por su admirable acierto en el ejercicio de su empresa, que elegido por maestro acompañó a San Pablo en sus misiones, y después de tres años de predicación y de infinitas conversiones, fue consagrado obispo de Atenas por el mismo Apóstol San Pablo.

Su conducta en el nuevo y elevado ministerio del episcopado fue de las escogidas, pues era tanta su piedad y tan ardiente su celo por la fe de Cristo que solo podia comparársele en virtud con los primeros Apóstoles de la Iglesia.

Inspirado por la misma divinidad aquel sabio maestro de la escuela mística, dio a luz algunas portentosas producciones de su ingenio, siendo admirables sus epístolas a San Tito, a San Timoteo y a San Policarpo, como también su hermoso libro de la Jerarquía eclesiástica y aquel de los Nombres divinos que hizo entender tan visiblemente su celeste contemplación y la comunicación de su espíritu con el Padre mismo.

Desde el momento de su conversión, sintió Dionisio una veneración tan profunda hacia la Virgen María que era su más constante anhelo inculcar en los corazones la fe y el amor hacia aquella gran Señora; y cuenta en sus escritos, con el más fervoroso entusiasmo, que estando en Jerusalem tuvo la imponderable dicha y el consuelo infinito de hallarse presente en la muerte de la Santa Virgen, siendo testigo de las maravillas que sucedieron; favor que le concedió la Madre del Salvador del mundo, por la profunda devoción que hacia ella sentía, cuyo amor conservó aquel bendito siervo toda su vida.

Triunfante ya, por los desvelos de Dionisio, la fe de Jesucristo en la capital de Grecia, y afanoso aquel por que llegara a todas partes a la luz divina, dejó en Atenas por sucesor a San Pablo, marchando hacia otros lugares de Europa que yacian en la más triste ignorancia de la religión bendita, a predicar el Evangelio, y habiendo obtenido del Papa San Clemente la aprobación de su deseo, en unión de otros santos compañeros, se dirigió a las Galias, punto designado para el ejercicio de su misión y donde más tarde debíasufrir los más dorlorosos martirios.

Llegado que hubo con sus compañeros An Rústico, San Eleuterio, San Rieal, San Marcelo, San Luciano y San Eugenio, fue tanto el entusiasmo y el fervor que con la luz de su palabra santa divulgó por aquellas provincias, que fueron numerosas las conversiones que hizo y grande el asombro y la veneración que llegó a infundir entre aquella gente.

Muchos hombres y mujeres recibieron las aguas del bautismo de manos de Dionisio siendo el primero de estos un caballero poderoso llamado Lisbio, de las familias más ilustres de París. Y muchas fueron también las instituciones religiosas que fundó, como las iglesias y conventos, dedicando primeramente entre estos un templo a la Santísima Trinidad, otro erigido a Dios en honor de su bendita Madre y otros a los Santos Apóstoles San Pedro, San Pablo y San Estéban.

Así difundió e instaló por aquellos lugares el gran San Dionisio, en unión de sus compañeros, lasemilla de la fe y la hermosa creencia del verdadero Dios.

Más levantado el espíritu de algunos furiosos gentiles contra los frecuentes triunfos del cristianismo y muy en particular contra aquellos hombres tan poderosos, se presentaron al gobernador de las Galias, Fescenino Sisino, diciendo que unos extranjeros venidos desde un rincón de Grecia, habían conturbado de tal modo el ánimo del vulgo, con sus hechicerías y encantamientos, que en perjuicio de sus creencias, todos se iban haciendo cristianos.

Indignado a su vez el gobernador, mandó a sus soldados que los prendieran y haciéndoles comparecer ente él, los intimó a que adjuraran de sus doctrinas y a que abrazaran la religion pagana, más todo inútilmente, pues tan profundas raices tenía en sus corazones la fe cristiana, que antes preferían la muerte que cejar en sus santos propósitos.

Cuando se hallaban en presencia del tirano apareció la mujer de Lisbio, que era ciegamente idólatra, acusando a su marido de haber sido bautizado por Dionisio y de que había hacho pedazos con sus propias manos todos sus ídolos queridos, por cuyas razones fue cortada la cabeza de Lisbio en presncia de su mujer, y San Dionisio con sus compañeros encerrados en lúgubres mazmorras.

Desde aquel momento empezaron para nuestro Santo los más terribles martirios.

Pero ni el peso de las piernas que cargaran sobre su cuerpo, ni los azotes con ramales de pantas aceradas, que desgarraban sus carnes, ni el potro donde le aplicaron los mayores tormentos, fueron bastante a hacerle desistir de sus ideas santas, ni a enfriar por un solo instante las creencias religiosas tan arraigadas en su corazón. Entonces se prepararon nuevos suplicios, pero cuanto mayores eran éstos, más grandes eran también los prodigios que se observaban. Tendido San Dionisio sobre unas parrillas, procuraron asrlo, pero el fuego se apagaba; le arrojaron en un horno encendido, y permaneció ileso en medio de las llamas. Le amarraron a una cruz y el Santo predicando desde ella contra las impiedades de los gentiles y ensalzando la misericordia del cristianismo, consiguió nuevas conquistas convirtiendo a muchos de sus enemigos y entre ellos a Larcia, la mujer de Lisbio, que después alcanzó la corona de los mártires.

Y por último, encerrado de nuevo en el calabozo y mandado degollar a la vez que sus compañeros, fue ejecutada la orden el 9 de octubre del año 117, entregando su alma a Dios aquel venerable anciano que con ciento seis años de edad había resistido tan valerosamente a los ataques de sus enemigos y que había sido para la Iglesia cristiana poderosa columna y campeón divino que la había liberado de tantos males.

Es tradicional creencia que al ser degollado nuestro Santo, púsose de pie y tomando su cabeza en las manos se dirigió a un lugar que hoy lleva su mismo nombre a dos leguas de París, y la entregó a una santa mujer llamada Cátula, a la cual había convertido, y cayendo luego en tierra la dejó depositaria de sus reliquias; cuyo inestimable tesoro fue encerrado por orden de aquella virtuosa Señora en un modesto sepulcro, bajo una pobre capilla de madera, que algunos siglos después el rey Dagoberto hizo sustituir por el suntuoso monasterio de San Dionisio.

Vía Historia 10 de octubre Asta Regia