La increíble historia de don Roberto, el portero de la Cartuja de Jerez

Le conocí a finales de los años setenta del pasado siglo XX. Fue en la primera ocasión que tuve de visitar el interior del monasterio de La Cartuja de Jerez, cuando, al llamar a la puerta de ingreso a la zona de clausura, fue él mismo quien la abrió y me franqueó el paso. Era un hombre que rondaría los setenta años de edad, de alta estatura y muy buen porte, amable, correcto, distinguido y de un trato exquisito. Lo primero que me llamó la atención fue que no vistiera el hábito cartujano, sino que iba con pantalón y camisa como cualquier seglar. Había ingresado en el monasterio de la Cartuja en 1972 en calidad de “Familiar Cartujo”, es decir, sin vínculo canónico alguno, sólo espiritual. Su misión en el monasterio era la de portero, aunque también hacía otros trabajos como los de carpintería. Moraba con los monjes como si fuera uno más de ellos, observando cada una de las duras y rígidas reglas de la Orden de San Bruno.

Más tarde, en el transcurso de una conversación le hice la clásica pregunta de qué hacía un hombre como él en un lugar como este. Me respondió que vino al monasterio buscando el silencio y la paz espiritual  que necesitaba. Desde su Colombia natal y, tras un breve paso por Madrid, me decía, llegó a la Cartuja jerezana para pasar un mes en completo retiro y meditación y aquí llevaba ya cinco años. También me confesó que algún día tendría que volver a su país, porque allí vivían los hijos de una de sus hermanas, tenía una finca de su propiedad en la que, al igual que en Jerez, se criaban buenos caballos. Fueron varias las ocasiones posteriores en las que pude hablar con él en mis siguientes visitas a aquel monasterio, que dicho sea de paso es una de las Cartujas más espléndidas del mundo.

Roberto Lañas en La Cartuja

Don Roberto volvió a su tierra americana en 1987 durante un corto período de tiempo, posiblemente para arreglar sus asuntos personales, entre ellos su testamento, volviendo de nuevo a Jerez donde se quedó para siempre. Dos años después y, tras haberse confesado con el entonces Prior, el P. Arteche, al volver a su celda quiso tomar un baño, y sintiendo que no se encontraba bien se echó en su cama dejando de existir, parece ser que murió a consecuencia de un infarto. Tras los años de locuras de su pasado la Gracia Divina había tocado su corazón, dando lo mejor de sí en los últimos diecisiete años de su vida. Su cuerpo, cubierto únicamente con un lienzo blanco, fue enterrado tras las preceptivas honras fúnebres  en el patio del claustro grande también llamado del cementerio. Allí yace en una tumba anónima con una cruz de madera clavada sobre un túmulo de tierra como única señal de su inhumación, al igual que cualquier otro monje de los más de dos centenares que en ese santo lugar reposan desde hace siglos.

En cierta ocasión que visitó Jerez el insigne escritor y Premio Nobel mexicano Octavio Paz, éste fue llevado a conocer el monasterio cartujano. Al llegar allí junto con dos acompañantes jerezanos y tocar la aldaba de la puerta que da acceso a la zona de clausura, abre dicha puerta don Roberto ante el asombro del Nobel mexicano. Pasados los primeros momentos de sorpresa, ambos se fundieron en un abrazo. Los dos hombres habían sido amigos desde los tiempos en que ambos vivían en Nueva York, al parecer trabajaban en las embajadas de sus respectivos países. Octavio Paz no salía de su asombro ¿Cómo era posible que aquel hombre que en otros tiempos llevó una vida de lujo y comodidad, que había sido amado por las más bellas mujeres y ocupado importantes cargos en Ginebra y Washington hubiese cambiado poder y honores por la soledad, la austeridad y la dura vida cartujana? No se lo podía explicar. Al terminar la visita, el Prior salió a la puerta del monasterio para despedir al escritor, y con ellos don Roberto. Un fuerte y emocionado abrazo de despedida volvió a fundir a los dos hombres. Al cerrase las puertas, Octavio Paz, según me contaron, volvió la cabeza atrás con los ojos enrojecidos y alguna que otra lágrima intentando aflorar a sus mejillas.

Hasta aquí, aquello de lo que fui testigo o me contaron de primera mano. Pero, ¿Quién era en realidad aquel don Roberto?. Lo cierto es que este personaje despertó siempre mi curiosidad. Aparte de en la Cartuja, llegué a verlo alguna que otra mañana en la céntrica cafetería La Vega, siempre con un par de amigos tomando un café, lo saludaba y me decía que había venido a la ciudad para hacer alguna gestión referente al monasterio. Y mi curiosidad aumentaba por saber algo más de aquel personaje, cosa nunca satisfecha hasta hace poco con la ayuda de Internet. Tras buscar, buscar y buscar, pude encontrar algunos artículos de prensa de diversa procedencia, así como un par de libros que tratan sobre un tema relacionado con él, como después veremos, tal es el espionaje en Estados Unidos a favor del régimen nazi. De esta manera he podido componer el rompecabezas que aclara la verdadera historia de este cartujano, que nunca fue fraile, que no hizo los votos canónicos de pobreza, castidad y obediencia, ni tampoco vistió el hábito de la Orden de San Bruno; pero que vivió entre los monjes observando fielmente su disciplina hasta el mismo día de su muerte.

Roberto Lañas Vallecilla, este era su nombre, nació en Cali (Colombia) en el año 1908. Hijo de una distinguida y acomodada familia caleña, cursó sus estudios primarios en los Maristas y luego en los Franciscanos, con estos últimos descubre su vocación religiosa e ingresa en su noviciado. Tiempo más tarde es enviado a Roma para estudiar Teología en la Universidad de la Sapiencia y hacerse sacerdote. Todo fue bien, hasta que un día conoció a una hermosa vendedora de flores de la cual se enamoró, de modo que cuelga sus hábitos, vuelve a Colombia con su amante y trabaja como recepcionista en un hotel de su ciudad natal. En 1936 rompe aquella relación y marcha a París, había ganado una beca para estudiar en la Sorbona Ciencias Políticas y Derecho Internacional. Una vez concluido estos estudios y dominando al menos cinco idiomas, se establece en Ginebra donde ocupa un puesto como traductor en la Oficina Internacional del Trabajo. Y fue precisamente en un cabaret de esta ciudad suiza donde entra en contacto un nazi reclutador de espías. Parece ser que bajo los auspicios de los servicios secretos alemanes llega a Nueva York en 1940 para trabajar como lingüista. En aquellos años previos al estallido de la Segunda Guerra Mundial, parece ser que Roberto Lañas no ocultaba su posición abiertamente pro alemana, por lo que en su lujoso apartamento congregaba a menudo a un grupo de germanófilos para debatir en prolongadas tertulias y oír la propaganda nazi de Radio Berlín.

Un destacado investigador sobre el espionaje alemán, el húngaro Ladislas Farago, en su libro “El juego de los zorros” hace referencias a un tal Roberto L, nombre que aparece en unos microfilms que encontró en unos archivos y dice de él: ¿Quién fue en realidad este hombre? ¿Cuál fue su papel en el espionaje alemán? ¿Cuáles fueron sus misiones? ¿Cómo sobrevivió después del juicio en el que todos sus compañeros resultaron condenados a muerte?. Estos interrogantes hicieron que el periodista colombiano Víctor Diussaba investigara muy a fondo sobre este apasionante tema. Fruto de ello fue la publicación por Editorial Planeta en 2011 de su libro “El espía que compró el cielo”. A través de esta obra hemos podido saber que nuestro personaje despilfarraba dinero en su etapa neoyorquina sin tener fuentes visibles de ingresos, que vestía elegantes y costosos trajes hechos a medida, que se rodeaba de las más hermosas mujeres, y que tenía tal encanto personal que le abría las puertas más refinadas de la sociedad neoyorquina de la época.

No se sabe a ciencia cierta que tipo de espionaje hacía Roberto Lañas, algunas informaciones apuntan a que era sobre la producción de armas, el caso es que en 1941 el FBI alertado por una modelo llamada Andry Dubal, al parecer despechada porque nuestro hombre la había rechazado, comenzó a seguir la pista de un supuesto espía al servicio de los alemanes que se hacía llamar Gabriel Reyes. Durante dos años estuvieron siguiéndole la pista sin éxito, hasta que en 1943 fue entregado por una novia suya, hija de un contralmirante de la marina de los Estados Unidos, la cual encontró unas cartas escritas con tinta en la que informaba de la fabricación en EE.UU. de 7000 aviones de los cuales 4.000 iban destinados a Inglaterra. Dicha carta iba destinada a un enlace que tenía en Lisboa. Aquella amante sintiéndose indignada al haber comprendido que el colombiano no la amaba sino que la utilizaba para obtener información, llamó de inmediato al FBI denunciándolo. Fue detenido en el propio apartamento de ella y juzgado. En el proceso asumió su propia defensa y fue condenado a morir en la silla eléctrica. No se saben los motivos por los que se salvó de una ejecución inmediata, ya que otros cinco detenidos por el mismo delito sí fueron ajusticiados. Quizás le valió librarse de la muerte la evidencia de que toda la información que le habían interceptado estaba copiada del Boletín Panamericano y otras publicaciones, por lo tanto nada secretas, y que lo único que perseguía con su actividad era ganar dólares para sostener su buena vida, aunque ello no obviaba su delito contra la seguridad de los Estados Unidos en tiempo de guerra. Un testigo declaró en el juicio que muchas de las informaciones que vendía a los alemanes carecían de autenticidad y hasta eran inventadas por él.

Cinco años permanecería en el corredor de la muerte hasta que, en 1948, sus abogados convencieron a la justicia que Lañas era un pícaro colombiano más que un verdadero espía, y lo que en realidad hizo fue sacarle dinero a los alemanes a cambio de humo. De este modo su condena a muerte fue conmutada y gracias a la intervención del presidente de Colombia, López Pumarejo, fue excarcelado y deportado a Colombia. Allí trabajó algún tiempo como inspector de policía y secretario de la oficina de Circulación y Tránsito. Posteriormente pasó a dar clases en la Universidad del Valle como profesor de filosofía durante un período de 19 años. Al jubilarse vino a Madrid donde impartió clases en la Universidad Autónoma y tuvo oportunidad de relacionarse con personas de las altas esferas de la Capital.

Pienso que, posiblemente, alguna persona influyente con las que tenía relaciones en Madrid le habló de la Cartuja e incluso le facilitó el contacto con su prior, a la sazón el Padre Arteche. El caso es que no sabemos si por arrepentimiento de su licenciosa vida anterior o por necesitar del silencio, la oración y la meditación, se vino a Jerez para ingresar en monasterio y vivir bajo las severas reglas de la Orden de San Bruno durante un tiempo que se prolongó hasta el día de su muerte.

Hasta aquí la historia, brevemente resumida, de don Roberto Lañas Vallecilla, un hombre de mundo, un galán, un erudito, un lingüista que dominaba siete idiomas, y un espía que quiso alcanzar el cielo a través del silencio, el trabajo y la oración en la Cartuja jerezana.

Claustro grande o del cementerio donde fueron inhumados los restos de D. Roberto Lañas