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El púlpito de San Miguel

Manuel Romero Bejarano
Ayuntamiento de Jerez. Delegación de Cultura. Patrimonio
Museo Arqueológico Municipal de Jerez / Asociación de Amigos del Museo

Pedro Fernández de la Zarza fue uno de los maestros constructores jerezanos más importantes de la primera mitad del XVI. Nacido en 1494, era miembro de una importante saga de maestros constructores locales, entre los que se contaban su tío abuelo Alonso Rodríguez (maestro mayor de la catedral de Sevilla entre 1496 y 1513) y su primo Francisco Rodríguez, quien llegó a ser aparejador de Hernán Ruiz II y maestro mayor del Obispado de Cádiz entre 1536 y 1569.

Sus inicios profesionales se remontan a 1524, cuando aparece documentado trabajando en la obra de la bóveda del coro del monasterio de La Victoria de El Puerto de Santa María. Desde ese momento va a ocupar puestos de responsabilidad en las principales obras jerezanas del momento. Entre 1532 y 1535 dirige las obras del puente de Cartuja, levantando la mayor parte de sus pilares. En 1537 firma el contrato para construir la capilla de Consolación del monasterio de Santo Domingo, obra de transición entre el tardogótico y el renacimiento. Además, entre 1553 y 1555 se ocupó de levantar la capilla de la Limpia Concepción del monasterio de San Francisco, de la que aún se conserva el ábside, resuelto mediante un cuarto de esfera con forma de venera.

La intervención de Fernández de la Zarza en la construcción de la iglesia de San Miguel está documentada entre 1528 y 1553, época de gran actividad. En este periodo se cierran las bóvedas central y meridional del crucero y se levantan de nueva planta la cabecera del templo, la antigua sacristía (hoy capilla de la Encarnación) y la capilla de los Pavones, dejando iniciado el complejo de la actual sacristía.

En la documentación analizada, Fernández aparece siempre titulado como maestro mayor de las obras, aunque nos parece que habría que matizar este término. En todo momento Pedro Fernández estuvo bajo la supervisión de otro maestro mayor, Diego de Riaño y Martín de Gainza sucesivamente. No obstante, estos arquitectos tenían a su cargo la obra de numerosos templos en todo el territorio que dependía de la Sede Hispalense, amén de la propia Catedral de Sevilla. Sus visitas a las fábricas en construcción eran esporádicas y podríamos decir que se limitaban a controlar que sus trazas se siguieran fielmente, aunque también permitieran que sus “directores de obra” locales, trazasen algunos elementos. De hecho, Fernández de la Zarza firma en 1547 la bóveda del Socorro de San Miguel, lo que demuestra su autoría de esta parte del templo.

Tras un periodo de inactividad debida a la terrible epidemia de peste que asoló Jerez entre 1518 y 1523, las obras de San Miguel se reanudaron éste último año iniciándose un momento que abarca hasta 1534.

San Miguel. Detalle

Podríamos decir que el maestro en este primer periodo se encontraría aún en fase de formación, pues las notables diferencias estilísticas producidas por la intervención de los sucesivos maestros mayores hacen pensar que Fernández de la Zarza actuaría como aparejador al dictado de los verdaderos maestros mayores.

Esta primera época estuvo marcada por la presencia de maestros portugueses, probablemente de Domingo de la Batalla que ya había trabajado con Fernández de la Zarza en el monasterio de la Victoria de El Puerto y por la presencia de Diego de Riaño, quien estuvo al frente de las obras del Arzobispado Hispalense hasta su muerte en 1534. Estas dos maestrías se dejan ver en elementos como la decoración de los pilares del crucero y la portada de la capilla bautismal, en la que los elementos importados del arte luso son muy patentes, y en la bóveda que cierra el crucero cuyo plemento tiene las hiladas concéntricas, muy similar a la que cubre el crucero del monasterio de Belem en Lisboa. Ciertamente Riaño trabajó en esta obra y bien pudo haberse encargado del cerramiento de la bóveda de San Miguel. No obstante, la mano de Riaño se deja ver claramente en la decoración de los pilares de la iglesia, muy similar a los de la sacristía de los Cálices de la catedral de Sevilla, diseñada por él.

Virgen María con el Niño en brazos. Detalle

Un segundo periodo se abre en 1536, una vez que Martín de Gainza se ocupa de la maestría mayor de las obras del Arzobispado Hispalense y por ende, de la continuación de la obra de San Miguel. Durante esta fase, que abarca hasta 1553, Fernández de la Zarza alcanza la madurez profesional y algunos de los elementos que encontramos en la obra se deben a su genio, siendo el más conocido el de la capilla de Nuestra Señora del Socorro que incluso llega a firmar. Pero no es el único, ahí están la antigua sacristía o el tránsito que une la capilla mayor con la sacristía nueva, en el que, como indicaba Pinto, construye al modo del renacimiento utilizando elementos del arte gótico y produciendo bóvedas acasetonadas fabricadas con nervaduras iguales que las que forman las bóvedas de crucería. Un caso diferente sería el de la sacristía nueva del templo, iniciada hacia 1546 en un estilo plenamente renacentista, donde parece que el control de Gainza fue más estricto (quizás por lo novedoso del cerramiento que concluiría Hernán Ruiz) dadas las similitudes que encontramos entre este espacio y la Sacristía Mayor de la Catedral de Sevilla, que el propio Gainza concluye.

Hay que hacer mención aquí a la denuncia que los parroquianos hacen en 1546 a Gainza y Fernández de la Zarza, de la que ambos maestros salieron airosos. La profusión decorativa se consideró escandalosa por unos jerezanos que jamás habían visto tal derroche ornamental y que, quizás anclados en el gusto medieval, consideraron el hecho una ofensa. Vemos que Fernández de la Zarza, ejecutor material (y en parte tracista) de la obra, desempeña un papel importante en la historia social del arte en Jerez, pues podríamos decir (salvando las distancias) que es un artista de vanguardia al que seguirían las generaciones sucesivas, pues la profusión ornamental fue la norma en el arte jerezano de las últimas décadas del XVI.

En 1550 se realizaba la compra de piedra de martelilla para la realización de las gradas y púlpitos del templo. De las primeras nada se conserva, pues las actuales fueron sustituidas por otras de mármol a finales del siglo XVIII y posteriormente por otras durante la restauración decimonónica. Sin embargo sí que han llegado hasta nosotros trozos de los dos púlpitos que, retirado de su ubicación original, sirvieron como brocal de un pozo en la parroquia y hoy se custodian en el Museo Arqueológico Municipal.

De planta circular, se conservan ocho trozos del mismo: dos basas y seis piezas del pretil, las cuales repiten el mismo esquema compositivo. Entre dos columnas abalaustradas que sostienen un entablamento decorado con roleos, se abre un arco de medio punto flanqueado por dos pilastras cajeadas que da paso a una hornacina, cuya parte superior es un cuarto de esfera con forma de venera. En las enjutas hallamos querubines y en el interior una escultura realizada con un relieve muy alto, representando cada una de las seis piezas conservadas a San Miguel, San Marcos, San Mateo, San Pedro, San Pablo y la Virgen María con el Niño en brazos.

Casi con seguridad fueron realizadas por Pedro Fernández de la Zarza, quien había dado ya sobradas pruebas de su capacidad como escultor en esta misma iglesia realizando la bóveda de la Capilla del Socorro. Pese a su estado de deterioro podemos apreciar la calidad de las mismas, el modelado de la anatomía y de los paños y el naturalismo que adopta en las proporciones y en el tratamiento de la figura humana, lo que las introduce plenamente en la estética renacentista.

Este púlpito ha de ponerse en relación con el primitivo retablo de la iglesia, cuyos restos se encuentran en el testero del templo, ocultos por el retablo actual. Se trata de una obra tallada en piedra, en la que pueden observarse columnas abalaustradas, grutescos y candelieri, lo que ha hecho a Esperanza de los Ríos datarlo en torno a 1560, fecha que concuerda con los años activos de Fernández de la Zarza, quien posiblemente sea su autor.

Vemos pues que, al igual que sucedía en su producción arquitectónica, la obra escultórica de Fernández de la Zarza sufre una evolución desde las formas góticas a las propias de la Edad del Humanismo.

Detalle de la decoración

DESCRIPCIÓN

Piedra caliza bastante porosa (martelilla). Se conservan seis piezas de pretil y dos fragmentos de basa. Probablemente pertenecen a dos púlpitos distintos que estuvieron situados en ambos lados del presbiterio de la iglesia de San Miguel, donde al parecer permanecieron hasta 1873, en que son sustituidos, quizá por el mal estado de la piedra, en la restauración realizada por el arquitecto José Esteve y López en dicha iglesia.

Decoración exterior a base de hornacinas en las que aparecen las esculturas de S. Lucas, S. Marcos, S. Miguel, S. Pedro, S. Pablo y la Virgen y el niño.

Dimensiones
Altura: 105 cm. Diámetro aprox.: 114 cm.

Cronología
Mediados del siglo XVI.

Procedencia.
Iglesia de San Miguel

Bibliografía
Pescador y Gutiérrez del Valle, M. (1916): Apuntes para un Catálogo de los objetos que existen en el Depósito Arqueológico anexo a la Biblioteca Municipal de Jerez de la Frontera. Cádiz, p.13 no 21.